viernes, 11 de abril de 2014

Calle vieja, Calle nueva


Hola, desde el barco. 

Disculpándome por mi ausencia, debido a finales y demás compañeros, aquí les dejo la entradita del viernes. 

Hace aproximadamente cuatro años, escribí este cuento. Esta fue una de mis aventuras escritas, más favoritas porque era en ese momento cuando tenía mucho más tiempo para dedicarme a la lectura, y por ende, a la escritura. Pero como siempre ha ocurrido, aún tuviera todo el tiempo del mundo para escribir, la inspiración llegaba en el momento menos indicado: en clases. Y puedo decir que aún en la universidad, sigo pasando por lo mismo. Sin esperarla ni buscarla, la idea llega y hay que escribirla de una vez para que no se vaya. Aunque créanme, a veces hay que caerle atrás. Utilizar algunos métodos o procesos para despertar la creatividad. Pero ese es tema de otra entrada. Volviendo a lo que nos compete por el día de hoy, puedo decirles que recuerdo perfectamente cómo llegó esta idea a mi mente y en qué situación. Me sentaba atrás en el curso. En un ratito libre que tuvimos en clase, tomé la mitad de una hoja que andaba rodando por ahí, y un lápiz medio gastado. Comencé a escribir y todo fluyó (literalmente). Entre esa clase y la que seguía después, lo terminé. Se lo mostré a mi amiga y editora personal, excelente escritora también (Gigi te quiero), y me dio el visto bueno, destacando que tenía una gran influencia de mi escritor favorito. El caso es que me enamoré de esta pequeña historia. Espero que a ustedes también les guste. 


Calle vieja, Calle nueva 

Un viejo bolero. Tengo la sensación de ser el único anciano que lo admira en este lugar. Luces tenues. Observo cada una y me detengo en la del fondo, que verde y llamativa, me hace recordar. Una barra vacía. Es lunes, no hay mucha gente. La mujer pelirroja de piernas largas, pide un trago y mira a ambos lados, como buscando alguna respuesta. Un señor elegante acaba de entrar. En una esquina, tres jóvenes se ríen a carcajadas y piden cerveza. Yo observo el panorama mientras cambian la canción.

"De mi calle vieja me alejo, a la calle nueva me voy. Es mucho lo que dejo pero más lo que tendré luego"

Canto, sonrío con picardía, me levanto y me dirijo hacia la pelirroja. Me inclino un poco, le presto mi mano derecha, ella me tiende su mano izquierda y dándole una vuelta, la acerco hacia mí. Ella me mira, me tira una risita y se deja llevar. La canción, el momento, el lugar, las personas, todo parece bueno. El Piro me mira desde la barra, me guiña el ojo, como quien dice: "¡pero qué viejo ma' agenta'o!". Yo me río y sigo la pieza con mi pelirroja. Al terminar la canción, ella me susurra un "gracias" al oído; se va. Sombrero en mano, adiós al Piro; me voy.

Tengo la sensación de ser libre y la condena de ser las 12. A duras penas he bailado, estoy viejo y cansado. Pero hoy he decidido recordar, y por tal motivo voy de camino al malecón. Me choco con una doña que canta, un humilde pescador, miro una pareja enamorada, disfruto un merengue viejo. Es fácil, solo es cuestión de cederle el paso al recuerdo. Me imagino en la playa con Azucena a la edad de nueve años. Cada uno con vagas metas, con inocencia y enamorados al fin. Ella me pidió un beso y yo, en mi timidez, la besé. Azucena ríe, yo río, me abraza y la sorprendo con otro beso. Fue algo inesperado pero ciertamente bueno.

-¿Qué habrá sido de ella?- me pregunto.

Sigo mirando el mar calmado. Me siento en un banco tan viejo como yo y me respondo: "Talvez en este momento se habrá acordado de mí y se estará preguntando lo mismo". Pienso en mi pelirroja, en mi baile, en mi gente del bar. Alguien me toca el hombro. Asustado, miro hacia atrás.

-"Papá, levántese, le toca su medicina"- me dijo.

Una vez más, fue solo un sueño. A mis 90 años es tan fácil delirar.



¡Feliz Viernes!


Siempre hay algo qué contar, 

Denisse. 

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